Los relojes que nos devolvieron el tiempo

Por Sergio “Chiqui” Rojas – Diputado Nortefesino

Hace unos días recibí una nota que me llamó la atención. Un grupo de estudiantes solicitaba la donación de nueve relojes de pared para su escuela. Confieso que, en un primer momento, no entendí el pedido. Estamos en 2026, pensé. ¿Quién necesita relojes de pared cuando la mayor parte de las personas lleva un celular en el bolsillo?

La respuesta llegó poco después, cuando integrantes del centro de estudiantes me contaron la historia detrás de esa solicitud.

Desde hace más de un año, por una normativa interna de la institución, los celulares no están permitidos durante el horario de clases. La medida surgió después de un conflicto muy serio generado por grupos de WhatsApp dedicados a los llamados “escraches”. Lo que comenzó entre adolescentes terminó involucrando a familias enteras e incluso a adultos de la comunidad. En un pueblo chico, donde todos se conocen, las consecuencias fueron profundas.

Y entonces entendí el motivo de los relojes.

Los necesitaban para saber la hora.

Una necesidad tan simple se volvió evidente en cuanto las pantallas dejaron de ocupar el centro de la escena.

Pero lo que más me sorprendió no fue el pedido en sí. Fue escuchar a los propios estudiantes hablar sobre los cambios que habían vivido desde entonces. Lejos de reclamar el regreso de los teléfonos, muchos destacaban los beneficios de la medida. Me hablaron de una mejor concentración en las clases, de más participación, de un rendimiento académico que había mejorado. Pero, sobre todo, me hablaron de algo que considero fundamental por sobre todas las cosas: volver a relacionarse entre ellos.

En los recreos volvieron los juegos, las charlas cara a cara, las bromas compartidas. Volvieron las rondas de amigos sentados conversando o caminando por el patio. Volvió algo que durante años dimos por sentado y que, sin darnos cuenta, la tecnología nos había ido quitando.

No se trata de demonizar la tecnología. Los celulares son herramientas extraordinarias. Nos permiten aprender, comunicarnos y acceder a información de manera inmediata. El problema aparece cuando la herramienta deja de ser un medio y se transforma en el centro de nuestra atención permanente.

Recordemos que todo esto comenzó a partir de situaciones conflictivas que se dieron en grupos de WhatsApp. Lo que parecía una conversación entre adolescentes terminó involucrando a familias enteras y generando tensiones dentro de una comunidad donde prácticamente todos se conocen. Aquella experiencia dejó una enseñanza importante: detrás de cada pantalla hay una persona. Y cuando gran parte de nuestros vínculos pasan por el teléfono, es fácil olvidar el valor de escuchar, conversar y comprender al otro cara a cara.

Quizás por eso esta historia me resulta tan valiosa. Porque no surge de un laboratorio ni de un informe académico. Surge de una comunidad de apenas 3.500 habitantes. De una escuela que atravesó un problema serio, que tomó una decisión difícil y hoy observa resultados positivos.

Es claro que cada escuela y cada comunidad tienen sus propias realidades. Pero sin dudas es una experiencia que aporta elementos concretos a un debate que ya estamos viviendo y que seguirá creciendo en los próximos años.

No subestimemos a los niños y adolescentes. Su capacidad de adaptación es muchas veces superior a la nuestra. Hay un aprendizaje ahí: una decisión que podía parecer antipática terminó siendo apoyada y reforzada por los mismos estudiantes.

Los nueve relojes de pared son mucho más que objetos colgados en un aula. Son un símbolo. Representan una decisión colectiva de recuperar tiempo para conversar y para mirar a los demás a los ojos, para conocernos y vincularnos más allá de lo que muestra o se dice a través de una pantalla.

Quizás esa sea la enseñanza más importante. La capacidad de esta comunidad de recordarnos que algunos de los mejores vínculos siguen construyéndose cara a cara.

El debate sobre el uso de las pantallas en las escuelas ya está entre nosotros. Y esta pequeña experiencia nacida en Fortín Olmos, una localidad de apenas 3.500 habitantes del Norte Santafesino, aporta un valioso granito de arena para pensar el futuro. Si desde nuestro lugar podemos acompañar a las escuelas en ese desafío, aunque sea con un simple reloj en una pared, estaremos haciendo mucho más que marcar la hora: estaremos ayudando a recuperar el tiempo compartido.