
Más de 400 milímetros de lluvia anegaron una vasta región del norte santafesino, dejando al descubierto la fragilidad de la infraestructura rural. En el paraje La Cigüeña, entre Vera y Tostado, familias enteras enfrentan un escenario desolador mientras esperan respuestas urgentes.
A unos 80 kilómetros de Vera y a igual distancia de la ciudad de Tostado, el paraje La Cigüeña se convirtió en el epicentro de una postal que mezcla impotencia, resistencia y abandono. Allí, donde el horizonte suele ser infinito y el silencio del campo marca el pulso de la vida cotidiana, el agua irrumpió con una violencia inusitada y cambió todo.
Más de 400 milímetros de lluvia cayeron sobre la región en pocos días, una cifra que por sí sola grafica la magnitud del fenómeno. Sin embargo, el verdadero impacto se mide en la vida de quienes habitan esa geografía: caminos intransitables, campos anegados, animales en riesgo y una sensación creciente de aislamiento.
La imagen que acompaña esta historia no necesita demasiadas palabras. Darío y su hijo Ezequiel recorren cada jornada los campos montados a caballo, acompañados por sus perros, intentando dimensionar una realidad que los golpea de frente. Lo hacen con la entereza de quienes no tienen otra opción que seguir, aun cuando el paisaje parece repetir una y otra vez la misma escena: agua, más agua y un futuro inmediato cargado de incertidumbre.
Consecuencias presentes
El drama no es nuevo, aunque esta vez se haya manifestado con mayor crudeza. Los habitantes de la zona coinciden en señalar que el problema no radica únicamente en la intensidad de las lluvias, sino en la falta de obras adecuadas para canalizar y drenar el excedente hídrico.
Canales de desagüe en mal estado, alcantarillas deterioradas y trabajos inconclusos conforman un combo que agrava cualquier evento climático adverso. Así, lo que podría ser una situación manejable se transforma en un escenario dantesco, donde el agua queda estancada y avanza sin control sobre campos y caminos.
La acumulación no solo proviene de las precipitaciones locales, sino también del escurrimiento de zonas vecinas igualmente afectadas. El resultado es un sistema colapsado, incapaz de dar respuesta a la magnitud del problema. Y en ese contexto, cada milímetro de más se convierte en una amenaza.
Para quienes viven y trabajan en el campo, las consecuencias son inmediatas. Los animales, principal sustento económico, quedan atrapados en terrenos inundados, con escaso acceso a alimento. La logística diaria se vuelve una odisea y el desgaste emocional comienza a hacerse sentir con fuerza.
La urgencia de respuestas concretas
Hoy, el clima ofrece una tregua. El cielo se muestra más benigno y una leve brisa trae algo de alivio. Pero la calma es apenas superficial. El agua sigue ahí, estancada, marcando el ritmo de una emergencia que no se resuelve con el simple paso de los días.
En La Cigüeña y en toda la región afectada, la demanda es clara: soluciones urgentes. No se trata solo de asistir en la emergencia, sino de encarar obras estructurales que eviten que esta historia se repita cada vez que el clima decide golpear con fuerza.
Las autoridades competentes tienen ante sí un desafío que no admite dilaciones. La planificación hídrica, el mantenimiento de canales y la ejecución de obras pendientes son aspectos clave para cambiar una realidad que hoy aparece como inmodificable.
El norte santafesino, tantas veces postergado, vuelve a levantar la voz. Porque detrás de cada campo inundado hay familias, hay trabajo, hay historia. Y también hay un reclamo que se hace cada vez más difícil de ignorar.
Mientras tanto, Darío y Ezequiel siguen su rutina. Salen cada día, recorren, observan y resisten. Conviven con la angustia de un clima que no da tregua y con la incertidumbre de no saber cuándo llegará la solución. Su imagen, recortada sobre un paisaje cubierto de agua, sintetiza mejor que cualquier discurso la dimensión del problema.
Que no parezca poco. Porque no lo es. Porque el norte también existe y hoy necesita, más que nunca, respuestas a la altura de su gente.
Por Juan Carlos Haberkon – El Litoral




















